miércoles, 2 de noviembre de 2011

Día de muertos


En los días de muertos
hay campos anegados de cruces,
son faros que se volvieron polvo.
Piel árida guardando huesos,
semilla sin vida.
Su torvo aspecto, otrora vital,
forma un mosaico pagano y sagrado.
Se desangran hacia las entrañas,
en una terrible manera de mudarse.
Se truecan en llanto las risas,
al ver ceniza en un velo, blanco como cirio.
Delirio en la misa, visión sin pies ni cabeza,
pavesa tan frágil, declina ante el tiempo.
Este viento de otoño, ardiente y frío,
hace tan míos el miedo y la esperanza.

Balanza del sino ¡inclínate a mi lado!
Si llego a la noche postrera, asustado.

Lanzo reproches al crucifijo, sin fe.
Café amargo, pues todos lloran en el.
Gabriel vuelve y anuncia un final;
luego del duelo, la calma total.

Altares para los que ya no están.
Licor, juguetes, pan, agua y comida,
también cigarros, porque -eso
creemos- es un viaje muy largo.
Ritual mudo, cargado de olores,
todo entre flores,
la colorida sonrisa de la Tierra.

Flores  del día, en la bella campiña.
Evita la rapiña, para que no haya riña;
apíñalas en el hueco Niña,
de mis cuencas vacías.